La puesta en escena de la Revolución de la Fuerza Armada peruana careció de la luminosidad con que los grandes caudillos, Perón y Fidel Castro, dotaron a los eventos de Argentina y Cuba. Hay un parentesco histriónico entre ambos, pero la consanguineidad absoluta no existió jamás. Por otra parte, la revolución cubana fue antes una rebelión de pueblo y el peronismo, no. La de Perú es apenas una erupción castrense salida de un compromiso entre facciones que acabarán enfrentadas a muerte.
Desde la Independencia, los ejércitos latinoamericanos han estado regidos por fraternidades religiosas y logias masónicas y sus gobiernos fueron una heredad compartida entre partidos liberales y conservadores afines a la masonería o al evangelio. Víctor Raúl Haya de la Torre es una excepción con su teoría del espacio tiempo histórico que dio lugar a un movimiento político civil perdurable, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA).
Cuando Ceresole pone pie en Lima encuentra un revoltijo de gente cuyos objetivos coinciden con la coartada de los generales que dieron, a la nacionalización de los yacimientos petrolíferos de Talara y su refinería, la calidad de acto de salvación nacional. Su asesoramiento le agregaría el socorrido alegato del antiimperialismo, con los fruncimientos de un traje prestado.
El APRA se mantiene al margen, desconfiado de esos militares con presuntuosidad mesiánica. Sin embargo, les presta algunas de sus consignas e ideas. Igualmente, un sector escindido de la Juventud Católica se integra al proceso junto con varios de sus pastores, entre los cuales forma filas el padre Gustavo Gutiérrez, quien perfila en esos días de euforia los argumentos compasivos de su Teología de la Liberación.
Talara era propiedad de la International Petroleum Company, y sus réditos financieros favorecen muy directamente a grandes inversionistas judíos cuyo poder económico está directamente vinculado a los hidrocarburos, y esto preocupa a Israel. De hecho, en Perú había crecido la emigración musulmana en los años recientes y ya se disputaban con la comunidad judía el control de varios sectores del peculio nacional, especialmente la banca y las comunicaciones.
Por otro lado, lo que ocurre allá inspira curiosidad. Los convidados llegan desde todos los rincones de América del Sur y no sólo son civiles, sino también soldados como los generales Líber Seregni, de Uruguay, René Schneider, de Chile, Héctor García Mesa, de Bolivia, y un coronel panameño llamado Omar Torrijos. Algunos brasileños, que fueran tenientes de Getulio Vargas, llegan y se van. Los jóvenes paracaidistas argentinos Aldo Rico y Mohamed Alí Seineldín hacen la visita de rigor en nombre de la Alianza Restauradora Nacionalista y la Logia Tacuara. De Venezuela arriban también algunos oficiales pérezjimenistas y el inocente turismo de aprendizaje sirve, entre otras cosas, para establecer relaciones y sellar acuerdos para el futuro. Parece que se forja una internacional de militares airados pero depende demasiado del éxito de los peruanos y eso preocupa a Ceresole. Así se lo advierte a La Habana, pero entretanto se ocupa de recibirlos, alentarlos y ofrecerles el discreto apoyo de Fidel Castro para el momento en que decidan marchar sobre palacios presidenciales y parlamentos. Al fin y al cabo, a todos los une la enemistad con Estados Unidos y una probable apetencia de gloria.
Los generales Leónidas Rodríguez y Arturo Vargas, y el contralmirante Jorge Dellepane fuerzan al gobierno hacia la izquierda y son los que crean el Sistema Nacional de Movilización Social (SINAMOS), a donde van a parar los elementos civiles más extremistas, como es el caso de Hugo Blanco, el antiguo líder campesino y guerrillero trotskista que es indultado y de la cárcel pasa a ocupar una oficina en la sede central del organismo. Luis de la Puente Uceda es un muerto que cargan algunos de los militares que gobiernan y por eso se habla de él sólo en los conciliábulos de sus seguidores más fieles, porque otros que estuvieron a su lado en el MIR ahora trabajan para el SINAMOS.
La expropiación petrolera continúa con la compañía telefónica, que es propiedad de la International Telephone and Telegraph, otro reducto judío, y entran ambas en un período de improductividad que contamina a la industria de la harina de anchoveta que merma la especie casi hasta la extinción. En las enormes haciendas entregadas a los trabajadores agropecuarios fallece sin reproducción el pie de ganado y se agostan los pastos, y hasta los vinos de Cajamarca están a punto de la acidez definitiva. Las fábricas expropiadas se paralizan y el transporte colapsa. Un par de años después del inicio de la Revolución de la Fuerza Armada se habían esfumado las esperanzas de una vida mejor para los peruanos y la bancarrota del Estado se hizo pública, a pesar de que los militares habían confiscado los periódicos y las emisoras de radio y televisión. El hambre no suele ser muda.
En plena crisis, para desviar la atención de los problemas reales, a instancias de Ceresole, Velasco Alvarado reaviva el conflicto fronterizo con Chile y emprende la modernización del armamento, con la asistencia de la Unión Soviética que llena el puerto de El Callao con naves cargadas de fusiles, cañones, tanques y aviones de combate que gravan al país con una deuda impagable. Ceresole comienza a ser cuestionado por la alta oficialidad de la Armada y la Aviación, en su mayoría procedente de la aristocracia, reluctantes a esas alianzas extrañas cuya autoría le adjudican. Para apaciguarlos, el presidente exime a Ceresole de participar en los consejos de Ministros y lo traslada a una oficina más pequeña al fondo del pasillo.
Este gambito ensayado carece de virtualidad y unas semanas más tarde se ve obligado a sacrificar a Ceresole. Piñeiro decide entonces extraerlo de Lima y lo envía a Buenos Aires como parte de la jefatura del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Allí conoce a Roberto Santucho y a Enrique Gorriarán Merlo y se reencuentra con el comandante cubano David Monleón. Su seudónimo es Renán Montero y ha sido estacionado en Argentina para colaborar con el ERP y los Montoneros. A esta altura de su vida, Ceresole se ha ganado la atención del Mossad, que ya no le pierde pie ni pisada.
El descontento popular en Perú se expresa en una serie de huelgas obreras, en primer lugar la de los maestros, que empeoran las pugnas entre los militares, quienes pactan el nombramiento de un primer ministro provisional, el general Jorge Fernández Maldonado. La excusa es que Velasco no puede gobernar porque su corazón averiado lo impide.
Pasan los meses y los generales y almirantes continúan dándose cabezazos entre ellos hasta que la huelga de los policías de Lima provoca otro cambio de mando, esta vez para encargarle al general de división Francisco Morales Bermúdez la tarea de acabar con aquel desborde de incuria. El acontecimiento se conoce como el Tacnazo, y el financiamiento de la operación corrió a cargo de ciertos asistentes a la Sinagoga Mayor de Lima.
Uno de las primeras órdenes de Morales Bermúdez es la disolver el SINAMOS y deportar, ya pasados a retiro, a los generales Rodríguez y Valdés, y al contralmirante Dellepane. De paso, ponen a Hugo Blanco en la frontera y lo mandan con ellos al exilio. Norberto Ceresole había regresado a Lima unas semanas antes, para refugiarse allí luego del aniquilamiento del ERP pero, aunque lo intenta, no puede pasar inadvertido. Todavía lo recuerdan como la sombra de Velasco Alvarado y no le queda otra alternativa que volar a Madrid. La nueva misión es pegarse a Perón.
Jorge Daubar
Miami
Desde la Independencia, los ejércitos latinoamericanos han estado regidos por fraternidades religiosas y logias masónicas y sus gobiernos fueron una heredad compartida entre partidos liberales y conservadores afines a la masonería o al evangelio. Víctor Raúl Haya de la Torre es una excepción con su teoría del espacio tiempo histórico que dio lugar a un movimiento político civil perdurable, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA).
Cuando Ceresole pone pie en Lima encuentra un revoltijo de gente cuyos objetivos coinciden con la coartada de los generales que dieron, a la nacionalización de los yacimientos petrolíferos de Talara y su refinería, la calidad de acto de salvación nacional. Su asesoramiento le agregaría el socorrido alegato del antiimperialismo, con los fruncimientos de un traje prestado.
El APRA se mantiene al margen, desconfiado de esos militares con presuntuosidad mesiánica. Sin embargo, les presta algunas de sus consignas e ideas. Igualmente, un sector escindido de la Juventud Católica se integra al proceso junto con varios de sus pastores, entre los cuales forma filas el padre Gustavo Gutiérrez, quien perfila en esos días de euforia los argumentos compasivos de su Teología de la Liberación.
Talara era propiedad de la International Petroleum Company, y sus réditos financieros favorecen muy directamente a grandes inversionistas judíos cuyo poder económico está directamente vinculado a los hidrocarburos, y esto preocupa a Israel. De hecho, en Perú había crecido la emigración musulmana en los años recientes y ya se disputaban con la comunidad judía el control de varios sectores del peculio nacional, especialmente la banca y las comunicaciones.
Por otro lado, lo que ocurre allá inspira curiosidad. Los convidados llegan desde todos los rincones de América del Sur y no sólo son civiles, sino también soldados como los generales Líber Seregni, de Uruguay, René Schneider, de Chile, Héctor García Mesa, de Bolivia, y un coronel panameño llamado Omar Torrijos. Algunos brasileños, que fueran tenientes de Getulio Vargas, llegan y se van. Los jóvenes paracaidistas argentinos Aldo Rico y Mohamed Alí Seineldín hacen la visita de rigor en nombre de la Alianza Restauradora Nacionalista y la Logia Tacuara. De Venezuela arriban también algunos oficiales pérezjimenistas y el inocente turismo de aprendizaje sirve, entre otras cosas, para establecer relaciones y sellar acuerdos para el futuro. Parece que se forja una internacional de militares airados pero depende demasiado del éxito de los peruanos y eso preocupa a Ceresole. Así se lo advierte a La Habana, pero entretanto se ocupa de recibirlos, alentarlos y ofrecerles el discreto apoyo de Fidel Castro para el momento en que decidan marchar sobre palacios presidenciales y parlamentos. Al fin y al cabo, a todos los une la enemistad con Estados Unidos y una probable apetencia de gloria.
Los generales Leónidas Rodríguez y Arturo Vargas, y el contralmirante Jorge Dellepane fuerzan al gobierno hacia la izquierda y son los que crean el Sistema Nacional de Movilización Social (SINAMOS), a donde van a parar los elementos civiles más extremistas, como es el caso de Hugo Blanco, el antiguo líder campesino y guerrillero trotskista que es indultado y de la cárcel pasa a ocupar una oficina en la sede central del organismo. Luis de la Puente Uceda es un muerto que cargan algunos de los militares que gobiernan y por eso se habla de él sólo en los conciliábulos de sus seguidores más fieles, porque otros que estuvieron a su lado en el MIR ahora trabajan para el SINAMOS.
La expropiación petrolera continúa con la compañía telefónica, que es propiedad de la International Telephone and Telegraph, otro reducto judío, y entran ambas en un período de improductividad que contamina a la industria de la harina de anchoveta que merma la especie casi hasta la extinción. En las enormes haciendas entregadas a los trabajadores agropecuarios fallece sin reproducción el pie de ganado y se agostan los pastos, y hasta los vinos de Cajamarca están a punto de la acidez definitiva. Las fábricas expropiadas se paralizan y el transporte colapsa. Un par de años después del inicio de la Revolución de la Fuerza Armada se habían esfumado las esperanzas de una vida mejor para los peruanos y la bancarrota del Estado se hizo pública, a pesar de que los militares habían confiscado los periódicos y las emisoras de radio y televisión. El hambre no suele ser muda.
En plena crisis, para desviar la atención de los problemas reales, a instancias de Ceresole, Velasco Alvarado reaviva el conflicto fronterizo con Chile y emprende la modernización del armamento, con la asistencia de la Unión Soviética que llena el puerto de El Callao con naves cargadas de fusiles, cañones, tanques y aviones de combate que gravan al país con una deuda impagable. Ceresole comienza a ser cuestionado por la alta oficialidad de la Armada y la Aviación, en su mayoría procedente de la aristocracia, reluctantes a esas alianzas extrañas cuya autoría le adjudican. Para apaciguarlos, el presidente exime a Ceresole de participar en los consejos de Ministros y lo traslada a una oficina más pequeña al fondo del pasillo.
Este gambito ensayado carece de virtualidad y unas semanas más tarde se ve obligado a sacrificar a Ceresole. Piñeiro decide entonces extraerlo de Lima y lo envía a Buenos Aires como parte de la jefatura del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Allí conoce a Roberto Santucho y a Enrique Gorriarán Merlo y se reencuentra con el comandante cubano David Monleón. Su seudónimo es Renán Montero y ha sido estacionado en Argentina para colaborar con el ERP y los Montoneros. A esta altura de su vida, Ceresole se ha ganado la atención del Mossad, que ya no le pierde pie ni pisada.
El descontento popular en Perú se expresa en una serie de huelgas obreras, en primer lugar la de los maestros, que empeoran las pugnas entre los militares, quienes pactan el nombramiento de un primer ministro provisional, el general Jorge Fernández Maldonado. La excusa es que Velasco no puede gobernar porque su corazón averiado lo impide.
Pasan los meses y los generales y almirantes continúan dándose cabezazos entre ellos hasta que la huelga de los policías de Lima provoca otro cambio de mando, esta vez para encargarle al general de división Francisco Morales Bermúdez la tarea de acabar con aquel desborde de incuria. El acontecimiento se conoce como el Tacnazo, y el financiamiento de la operación corrió a cargo de ciertos asistentes a la Sinagoga Mayor de Lima.
Uno de las primeras órdenes de Morales Bermúdez es la disolver el SINAMOS y deportar, ya pasados a retiro, a los generales Rodríguez y Valdés, y al contralmirante Dellepane. De paso, ponen a Hugo Blanco en la frontera y lo mandan con ellos al exilio. Norberto Ceresole había regresado a Lima unas semanas antes, para refugiarse allí luego del aniquilamiento del ERP pero, aunque lo intenta, no puede pasar inadvertido. Todavía lo recuerdan como la sombra de Velasco Alvarado y no le queda otra alternativa que volar a Madrid. La nueva misión es pegarse a Perón.
Jorge Daubar
Miami
MAFEREFÚ le pide a rui: métele rápido al blog 4 ó 5 post medium size o par de ellos tipo tome nota de perez roura, para que este ladrillo final se vaya rápido por la cañería.
ResponderEliminarSigo preguntando y no me responden...quien es DAUBAR????
ResponderEliminarMe quedo con la duda si el que escribe es Norberto Ceresole con seudónimo,algún Jefe de Hizbulah,Raúl Castro o el argentino Firmenich que acaba de ser internado en un psiquiatrico en Barcelona.
ResponderEliminarQue de invenciones en tan poco espacio........la caipirinha salió con sacarina y no con azúcar de caña.
!Cuidado! No tengo dudas que el tal Jorge Daubar, estuvo muy vinculado al Depto. Amèrica, o sea al mismisimo Barbarroja, o lo que fue lo mismo, oficial de la DGI entre los años 60 y 80. Maneja informacion muy sensible en aquellos años!!!!
ResponderEliminarAnónimo de las 17:07:00 es cierto que esa información era secreta en aquellos tiempos pero ahora está en internet al alcance de todos. Agréguele un poco de investigación y talento para ponerlo todo junto y con amenidad y ya está. Disfruten el placer de leer algo que ustedes desconocían.
ResponderEliminarLO DICE MAFEREFÚ:
ResponderEliminar"Agréguele un poco de investigación y talento para ponerlo todo junto y con amenidad y ya está. Disfruten el placer de leer algo que ustedes desconocían."
eso es lo jodio que tienen estos ladrillos: les faltan talento para ponerlo todo junto y con amenidad, y si falta esto pues no hay quien lo lea.