RAUL RIVERO, en Beijing
Son muchos escenarios, muchas competencias en una ciudad desparramada y alta, pero no faltan aficionados en ninguna grada. Puede haber franjas despejadas y bloques de sillas solitarias que siempre una raleada multitud hará tronar los escenarios, se escucharán silbidos, rechiflas, conatos de protestas por una decisión, delirio cuando sale un atleta chino: los organizadores de estos Juegos demuestran todos los días que han garantizado hasta el aplauso.
Por la manera de reaccionar el público en algunas de las competencias y en otras ceremonias, los viejos trotamundos de la crónica deportiva comienzan y otros viajeros alertas y desconfiados, comienzan a entender que el voluntariado popular que está presente en cada asunto que tenga que ver con estos Juegos, recibieron también como tarea añadida y, quizás, con menos tensiones, la de asistir con entusiasmo a los partidos y a los combates, a las jornadas puntillosas de tiro con arco y a las densas y explosivas batallas de la halterofilia. Algunos notaron que, en la gala inaugural, los últimos cuatro portadores de la antorcha que entraron al Nido eran reconocidos campeones, ídolos de diferentes ramas del deporte chino. Sin embargo, la intensidad del aplauso general siguió plano y sin alteración con esas presencias porque la mayoría de las personas que batían palmas no reconocieron a los legendarios atletas.
El primer ganador de una medalla de oro para España, el ciclista Samuél Sánchez, comentó sorpendido que en las ultimas siete vueltas triunfales el público sólo aplaudió su paso en las dos primera ocasiones. Después, cada vez más cerca de la meta y la gloria, los supuesto fanáticos del ciclismo se sumieron en conversaciones privadas y dejaban pasar sin una palmada la tropilla de las celebridades que tripulaban sus bicicletas.
El domingo, en el partido de tenis entre el norteamericano Blake y el austríaco Guccione, sí se podía notar a una inmensa mayoría de conocedores y fieles aficionados. Había también grupos de estadounidenses y austriacos que lanzaban al aire gritos de respaldo para apoyar el desempeño de los suyos. De todas formas, en el centro de la moderna gradería estaban unos 100 jóvenes con camisas blancas que se integraban a la ovación unos segundos tarde. A los sonidos de aprobación y satisfacción por algún lance de película le entraban también demorados, cuando el murmullo comenzaba a extinguirse en el otro extremo de la pista.
En el boxeo, los púgiles locales llegan y se van a grito limpio, ganen o pierdan. Reaparecen las banderas chinas. Se corean los nombres de los atletas y se vitorea cada golpe que recibe el adversario. Luego, la mayoría de los pleitos entre deportistas de otras naciones, se reciben con discrección, aunque los hombres sobre el ring escenifiquen combates técnicos, elegantes y llenos de coraje. Desde luego, debe asistir al maratón de broncas una buena cantidad de seguidores del boxeo, pero hasta el momento parece que se trata de más bien de batallones de inspirados patriotas que no pueden diferenciar un jab de un guantazo.
Estas gestiones en las que se usa a las personas como extras y rellenos en el cine y en teatro, me recuerdan una casa que visité en el Bakú de la era de Leonid Brechnev. Los supuestos dueños del hogar, cómodo y moderno, que les ofrecía el socialismo se sentían tan ajenos como los corresponsales a quienes trataban de convencer del creciente bienestar de la población. El basquetbol sí tiene asegurado un público real y enamorado. El equipo norteamericano se mueve en Pekín como un grupo de seres de otro planeta. Algunos periodistas, en vez de hacerles preguntas, los aplaude en la ruedas de prensa y uno de los hombres que los escolta dijo hace unas horas que, sin ofender a EEUU, quería reconocer que aquí se les quiere más.
Es seguro que a los partidazos de ese Dream Team con España y Argentina, por ejemplo, no hay que ordenarle a ningún ciudadano desprevenido -aficionado acaso al apacible juego de las damas chinas- que rellene con su familia la zona más alta del gallinero. (EL MUNDO)
lunes, agosto 11
Fervor a domicilio
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario