
Al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, no se le ocurrió mejor manera de zanjar una discusión sobre policías y racismo en la que se metió que convocando a "unas cervecitas" en la Casa Blanca. Es verano pegajoso y húmedo en Washington. Y pocas cosas como una buena cerveza fría para lubricar la conversación entre amigos al final de la tarde, debió pensar Obama, o sus asesores, en un afán por enmendar el entuerto presidencial de la semana pasada. Además del presidente, los participantes de la "happy hour", que en medio locales se conoce como la "cumbre de la cerveza", son el sargento James Crowley, de la policía de Cambridge, Massachussets, y Louis Gates, profesor de la Universidad de Harvard. Aunque Gates es amigo del mandatario, en realidad no se trata de un simple encuentro amistoso. Crowley arrestó a mediados de julio a Gates por "conducta desordenada" luego de que el oficial respondiera a una alerta de robo en la casa del académico. La detención reactivó la eterna polémica sobre el uso de "estereotipos raciales" en el trabajo policial. El debate no es nuevo en la sociedad estadounidense, pero esta vez se amplificó por una inesperada, y para algunos torpe, intervención de Obama, quien luego quiso convertirla en un "momento de enseñanza". Y de allí estas cervezas. El 16 de julio Gates, quien regresaba de un viaje al exterior, no pudo abrir la puerta de su casa y tuvo que forzarla con el hombro. Una vecina lo vio, no lo reconoció y, temiendo un robo, llamó a la policía. Cuando Crowley llegó, Gates ya estaba dentro. Molesto por tener que demostrar su identidad y la propiedad de su casa, se enfrascó en un intercambio verbal con el oficial que culminó con su detención. Aunque los cargos fueron desechados posteriormente, el profesor siguió quejándose de que fue "discriminado racialmente" por el policía, quien niega que el hecho de que Gates fuera negro tuviera algo que ver con su arresto. El debate prometía perderse del radar de los medios de comunicación cuando Obama dijo en una rueda de prensa televisada nacionalmente que el oficial actuó "estúpidamente", lo que activó automáticamente la solidaridad del gremio policial y la exigencia de una disculpa pública. Dos días después, el presidente se retractó de su "mala selección de palabras" y aunque no se disculpó formalmente llamó a Crowley y le invitó a compartir unas cervezas con él y Gates en la Oficina Oval. Obama ha dicho se trata de hacer del incidente un "momento de enseñanza". Por eso, muchos están pendientes no sólo de lo que se digan los hombres -cuya mutua cortesía frente a las cámaras se da por descontada-, sino también qué dirá de ellos lo que tomarán. El encuentro bien puede ser informal, pero como todo evento en la Casa Blanca está coordinado hasta el último detalle y ya se sabe qué cerveza beberá cada uno de los invitados. Obama tomará Buds, una cerveza ligera que está entre la más vendidas en Estados Unidos. Gates se guardó dos opciones: Red Stripe, una popular cerveza jamaiquina, y Becks, una alemana con más cuerpo del que tradicionalmente tienen las cervezas locales. Crowley dejó las rubias por una cerveza blanca de producción más artesanal: Blue Moon. Armados de rudimentos de sociología, comercialización y algunos toques de diplomacia, los escasos versados en la nueva rama de la "cervezología política" tratan de indagar qué significado pueden tener las marcas seleccionadas. La elección de Obama es una desilusión por lo "fácil" y "mundana", dijo a BBC Mundo el escritor y humorista Mark Katz. “Barack Obama es en sí mismo una de las grandes marcas del siglo XXI. Significa intentar nuevas cosas, ser supra partidista, abrirse a nuevas ideas. Él es una figura exótica y, por eso, escoger algo tan mundano como Budweiser es visto como una desilusión", afirmó Katz. En cuanto al profesor Gates, Katz explicó que escogió dos cervezas en extremos opuestos: la jamaiquina Red Stripe, la que califica como "ordinaria", y la alemana Beck, "una marca premium de un país que se enorgullece de sus cervezas". (BBC)
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