lunes, junio 4

En el polvo de la memoria

Desde muy joven - lo confieso –
Me han gustado los fantasmas.
Me apasionaban las historias
De sus desventuras.
Hoy – lo confieso -, aproximándose
La hora de convertirme en uno,
Ya no me gustan tanto.
Eliseo Diego
Libro de quizás y de quién sabe (1989)

Los ojos se escurren persiana adentro en un afán por atrapar la figura que, silenciosa, navega en la lenta penumbra de su biblioteca. Es un atardecer habanero, con su luz desmayada en los soportales...ora amarilla, ora rosada, y toda el alma se concentra en ese acto fugitivo. Alguien acecha a Eliseo Diego, pero él no lo sabe, no lo sabrá nunca.

El poeta dialoga con la muerte, es ella su más fiel interlocutora desde los días de Orígenes y del embeleso por la irradiante presencia lezamiana. A Eliseo no lo raptó el surtidor de la imagen delirante; para él estaba reservada la agónica tarea de rescatar los instantes, los lugares, los rostros amados de “las oscuras manos del olvido”. Su obra fue una meditación prolongada en el tiempo acerca de la fugacidad de la vida.

Fue su desvelada conciencia de lo mortal quien lo llevó a construir con la poesía paredes de resistencia donde incrustar la memoria de los momentos vividos. Su mirada se posó entonces sobre el mundo con la avidez del recién llegado, o con la intensidad de quien teme quedar ciego. La historia será, entonces, un rosario de fragmentos atrapados entre el recuerdo y “la mirada atenta”, capaz de encontrar el soplo de la eternidad, la poesía, en el discurrir de lo cotidiano.

En el camino hacia la disolución – la vida, ni más ni menos – lo que hemos obtenido, aquéllos a quienes hemos amado, tienen la misma consistencia de los sueños. Queda, no obstante, el consuelo de crear, y bastaría esforzarnos un poco para lograr una existencia paralela donde todo fuera posible: los paisajes ensoñados, las fantasías, otras tierras con aconteceres diferentes y donde las criaturas de nuestra imaginación fueran tangibles.

La realidad se ofrece al hombre hurtándole, al mismo tiempo, su doble naturaleza: cuando nos rodea posee un esplendor oculto por el hábito y basta un “mirar atento” para revelarlo. La maravilla de lo real sobrepasa a la imaginación más fértil; sólo la agudeza de nuestra percepción obrará el milagro del descubrimiento y el poeta posee el don de expresar así iluminado, con el instrumento capaz de aproximarse e intentar captarlo, el instante en su plenitud: la lengua.

El mito del Paraíso perdido, asociado a la imagen de la infancia, traspasa a esta poética de la fugacidad: los niños son capaces de ver: “todas las juntas y por todos lados a un tiempo; capaces también de oírlas, gustarlas, olerlas y tocarlas de un solo golpe satisfactorio...”

El niño, ajeno al tiempo y, por tanto, a la fragmentación de lo real, tiene esa mirada cohesiva afín a la del artista. La pérdida de la ingenuidad sobreviene con la pérdida de la conciencia del devenir, al hombre no le restan sino momentos de extrema lucidez, los cuales tratará de reproducir con la escurridiza materia de las palabras.

Con ojos de niño miró Eliseo, y al trasmutar su asombro en poesía nos heredó el secreto de la permanencia, un espacio donde reconciliarnos con “el tiempo enemistado”, con nuestro yo disperso en los jirones del devenir.

Lo recuerdo ahora como lo vi aquella tarde, fantasmal en la luz difusa de la biblioteca, abrumado por la ronda pertinaz de su enemiga, meditando despacio su venganza:

Y ahora es el tiempo de levantarme y
trazar mi amplio gesto diciendo:
luego de la primera muerte, señores,
las imágenes,
invéntense los jueves,
los unicornios, los ciervos y los asnos
y los frutos de la demencia
y las leyes, en fin,
y el paño universal del sueño
espeso de criaturas, de fábulas, de tedio,
hinchado por el soplo de los dispersos días (...)

Aquel, su "fervor oscuro", la música de sus huesos no se perderá porque Eliseo es por siempre "todo uno" con "el día y el recuerdo", "en el oficio de la lluvia que pulsa las persianas" de aquella ciudad dorada por el sol de tantos atardeceres.

Después de su primera e implacable "comprobación de la ceniza" su "fiel imagen" inició el periplo de la sobrevida en las calles, en las paredes, en el polvo de cada rincón de la memoria. (Norma Quintana Padrón/en México)

3 comentarios:

  1. Que pena que nadie haya hecho ni un simple comentario a esta evocacion de Eliseo Diego, uno de los mejores poetas cubanos del siglo XX.
    A veces hay que dejar reposar un poco la politica, que enferma, y darle cabida a estas pequenas cosas que son, en definitiva, las que perduran. un gobernante se va y otro viene, pero la poesia permanece.
    gracias Rui. que se repita

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  2. Supongo que este comentario está a destiempo, sobre todo por la velocidad con que posteas -lo que en secreto envidio-. Pero volviendo al tema: Eliseo Diego me ha parecido siempre un poeta superior, por su capacidad de, como él en algún momento dijo, "nombrar las cosas", las cosas cotidianas, todas las cosas. ojalá publiques acá otras cosas parecidas, otras cosas de Normy, en quien admiro no solo su inteligencia, sino su gran talento. Un abrazo. como dicen: los amigos de mis amigos son mis amigos. Saludos desde el Midwest! Damaris

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  3. Gracias, Damaris. Ya Normita me ha hablado de ti. Un fuerte abrazo.

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