Lic. María Ileana Faguaga Iglesias
La Habana – La noticia llegó por el noticiero estelar de la televisión cubana. Este domingo falleció en La Habana, a los 88 años de edad, uno de los más lúcidos intelectuales cubanos y latinoamericanos de todas épocas, Walterio Carbonell. Otra vez decimos adiós a Walterio Carbonell, esta vez definitivamente. En el 2005 la noticia recorrió el mundo. Desde todos los rincones se le despidió. Luego supimos que gozaba de la importante recuperación emocional que le propiciara el reencuentro con su hija, llegada desde Francia. Entonces dije: “Iré para usted, Walterio, que el equívoco signifique muchos años de vida”.
La noticia, pienso esta vez, nos conmoverá a muchos, nada dirá a la mayoría, aunque debería ser motivo de duelo para la nación, sin fragmentos, sin esas distinciones pigmentarias a las que seguimos llamando “raciales”. Debería serlo especialmente tras la celebración del VII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que entre sus temas de discusión tuvo el de la sobrevivencia del racismo en la Isla. No podemos escapar a las realidades. Carbonell era negro y ello sigue teniendo significación en el imaginario colectivo.
Historiador sagaz y socialista comprometido, el maestro Carbonell nos legó algo inusual en tiempos de discursos que tantas veces no corresponden con las prácticas de vidas de sus expositores. Siendo él consecuente con sus ideas, sin que fuera consciente o sin que se lo propusiera, nos ayudaba a cuantos sabíamos de su existencia y de su extenso bregar por la necesaria revisión de nuestra historia escrita, a persistir en ese empeño. No eludió el difícil y riesgoso camino del intelectual que, con su quehacer, cuestiona y contribuye a corroer establecidas certezas.
Autor de obra imprescindible para acercarnos al conocimiento de nosotros, “Cómo surgió la cultura nacional”, publicada en los años ’60 y reeditada en el 2004, lamentablemente en facsímile, y para “personalidades”, desarticuló el entramado de trasfondo racista con el cual hasta entonces se explicaba la conformación de la conciencia nacional, que descartaba el aporte de la población negra.
Entonces, alertaba el joven Maestro: “Las invocaciones patrióticas de los historiadores burgueses todavía al uso, han arrojado muy poca luz sobre estos temas. Y si los revolucionarios de la nueva generación desean resolver adecuadamente los problemas de la formación de la Nación y de la cultura nacional, deberán evitar el camino trillado”.
No se le escuchó a tiempo. Las ideologías pueden expresarse contradictoriamente, concretándose en actitudes preclaras y revolucionarias y, simultáneamente, en otras francamente conservadoras y hasta fundamentalistas. No pocos intelectuales cubanos, sin importar color ni pertenencia generacional, y educados con la metodología del materialismo histórico, ratifican la vigencia de la tesis excluyente de la contribución del componente racial negro en la conciencia de lo nacional.
Inclaudicable en el reconocimiento de que, entre “las tareas del intelectual” está “el esfuerzo por derrumbar los estereotipos y las categorías reduccionistas que tanto limitan el pensamiento humano y la comunicación”, asumió las consecuencias: encierro, lejanía de familiares y amigos, ostracismo hasta su reciente, gradual y silenciosa reivindicación.
Con el estrago por el peso de décadas de batallar, solía vérsele cada día en la Biblioteca Nacional José Martí, según decía, escribiendo “el gran poema del hombre negro americano”. No sabemos si lo consiguió. No sabemos si heredaremos del Maestro alguna otra obra fundamental, y, si así fuera, tampoco podemos saber si alguna vez sería convenientemente presentada en alguna edición de la Feria del Libro o si la viésemos en cada librería de la Isla e incorporada en los planes nacionales de enseñanza, como debería ser, como ya debió haber sido.
Suele reconocerse como uno de nuestros defectos nacionales la falta de memoria histórica. Con su obra, Walterio Carbonell procuró salvarnos de la reproducción de ese mal. Deberíamos aprender a reconocer los valores de cada cual mientras esté físicamente con nosotros, concediéndoles el lugar que merezcan, aun cuando no habitemos el mismo espacio físico.
No lo hicimos con él, a quien teníamos cercano y a quien distanciamos... No lo hemos hecho con muchos. Al menos que el dolor por esta pérdida y aquello que las abuelas identificaban como mala de conciencia nos inste a saldar esta deuda aunque a destiempo, y apremiándonos a saldarlas con tantas otras antes de que se nos haga tarde. Improvisaciones y amnesias desgajan naciones. Ojalá transitemos por el camino de la recuperación de la memoria… aunque sólo quede tiempo para reconciliarnos con este y otros Maestros a través del espíritu de sus obras. Si en nuestra Isla hemos sido históricamente excluyentes por beneficios, aprendamos a ser incluyentes por igual motivo, que el beneficio sería para todos.
La Habana – La noticia llegó por el noticiero estelar de la televisión cubana. Este domingo falleció en La Habana, a los 88 años de edad, uno de los más lúcidos intelectuales cubanos y latinoamericanos de todas épocas, Walterio Carbonell. Otra vez decimos adiós a Walterio Carbonell, esta vez definitivamente. En el 2005 la noticia recorrió el mundo. Desde todos los rincones se le despidió. Luego supimos que gozaba de la importante recuperación emocional que le propiciara el reencuentro con su hija, llegada desde Francia. Entonces dije: “Iré para usted, Walterio, que el equívoco signifique muchos años de vida”.
La noticia, pienso esta vez, nos conmoverá a muchos, nada dirá a la mayoría, aunque debería ser motivo de duelo para la nación, sin fragmentos, sin esas distinciones pigmentarias a las que seguimos llamando “raciales”. Debería serlo especialmente tras la celebración del VII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que entre sus temas de discusión tuvo el de la sobrevivencia del racismo en la Isla. No podemos escapar a las realidades. Carbonell era negro y ello sigue teniendo significación en el imaginario colectivo.
Historiador sagaz y socialista comprometido, el maestro Carbonell nos legó algo inusual en tiempos de discursos que tantas veces no corresponden con las prácticas de vidas de sus expositores. Siendo él consecuente con sus ideas, sin que fuera consciente o sin que se lo propusiera, nos ayudaba a cuantos sabíamos de su existencia y de su extenso bregar por la necesaria revisión de nuestra historia escrita, a persistir en ese empeño. No eludió el difícil y riesgoso camino del intelectual que, con su quehacer, cuestiona y contribuye a corroer establecidas certezas.
Autor de obra imprescindible para acercarnos al conocimiento de nosotros, “Cómo surgió la cultura nacional”, publicada en los años ’60 y reeditada en el 2004, lamentablemente en facsímile, y para “personalidades”, desarticuló el entramado de trasfondo racista con el cual hasta entonces se explicaba la conformación de la conciencia nacional, que descartaba el aporte de la población negra.
Entonces, alertaba el joven Maestro: “Las invocaciones patrióticas de los historiadores burgueses todavía al uso, han arrojado muy poca luz sobre estos temas. Y si los revolucionarios de la nueva generación desean resolver adecuadamente los problemas de la formación de la Nación y de la cultura nacional, deberán evitar el camino trillado”.
No se le escuchó a tiempo. Las ideologías pueden expresarse contradictoriamente, concretándose en actitudes preclaras y revolucionarias y, simultáneamente, en otras francamente conservadoras y hasta fundamentalistas. No pocos intelectuales cubanos, sin importar color ni pertenencia generacional, y educados con la metodología del materialismo histórico, ratifican la vigencia de la tesis excluyente de la contribución del componente racial negro en la conciencia de lo nacional.
Inclaudicable en el reconocimiento de que, entre “las tareas del intelectual” está “el esfuerzo por derrumbar los estereotipos y las categorías reduccionistas que tanto limitan el pensamiento humano y la comunicación”, asumió las consecuencias: encierro, lejanía de familiares y amigos, ostracismo hasta su reciente, gradual y silenciosa reivindicación.
Con el estrago por el peso de décadas de batallar, solía vérsele cada día en la Biblioteca Nacional José Martí, según decía, escribiendo “el gran poema del hombre negro americano”. No sabemos si lo consiguió. No sabemos si heredaremos del Maestro alguna otra obra fundamental, y, si así fuera, tampoco podemos saber si alguna vez sería convenientemente presentada en alguna edición de la Feria del Libro o si la viésemos en cada librería de la Isla e incorporada en los planes nacionales de enseñanza, como debería ser, como ya debió haber sido.
Suele reconocerse como uno de nuestros defectos nacionales la falta de memoria histórica. Con su obra, Walterio Carbonell procuró salvarnos de la reproducción de ese mal. Deberíamos aprender a reconocer los valores de cada cual mientras esté físicamente con nosotros, concediéndoles el lugar que merezcan, aun cuando no habitemos el mismo espacio físico.
No lo hicimos con él, a quien teníamos cercano y a quien distanciamos... No lo hemos hecho con muchos. Al menos que el dolor por esta pérdida y aquello que las abuelas identificaban como mala de conciencia nos inste a saldar esta deuda aunque a destiempo, y apremiándonos a saldarlas con tantas otras antes de que se nos haga tarde. Improvisaciones y amnesias desgajan naciones. Ojalá transitemos por el camino de la recuperación de la memoria… aunque sólo quede tiempo para reconciliarnos con este y otros Maestros a través del espíritu de sus obras. Si en nuestra Isla hemos sido históricamente excluyentes por beneficios, aprendamos a ser incluyentes por igual motivo, que el beneficio sería para todos.
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