Hubo una vez, conversando con Pedro en el tallercito de CMQ, que me percaté de que vestía todo de blanco, menos los zapatos que eran negros. Le hice un comentario acerca de eso pero él me respondió sólo con una sonrisa. Boby me contó después que Pedro era creyente de San Lázaro y que portaba un resguardo disimulado en la manilla del reloj. Pensé que era una broma pero fue el mismo Pedro quien me lo confirmó. La manilla de su reloj era un fleje de metal forrado en piel negra y en su interior una santera le había instalado el pulso de cuentas amarillas que debía protegerlo contra todos los males del mundo.
En el mes de agosto de 1960, Cuba celebró cuadra por cuadra el cumpleaños de Fidel Castro. En la mía hubo una fiesta por todo lo alto, con música y cerveza a granel, que interrumpió una trifulca en la que arrestaron a Luis Felipe Bernaza. Su cuñado, Félix Aramís Álvarez me pidió que lo llevara en mi carro a la sexta estación de Policía para ver si lo podía sacar. Mientras esperábamos afuera llegó un joven rubio y cojo, conocido como Rolo, que era un oficial del G2. Félix y él conversaron unos minutos lejos de mí y luego se me acercaron para pedirme que fuera yo quien entrara a la estación a sacar a Felipito en lugar de ellos. Entré y en la carpeta estaba el teniente Alemán, del que yo había sido compañero en el Negociado de Confidenciales de la Policía hasta varios meses atrás. A él le pedí que me entregara a Felipito con el argumento que era un compañero revolucionario, dirigente estudiantil en Santiago de Cuba y que sólo estaba celebrando el cumpleaños de Fidel. De paso, me llevé al dueño del piano y dos de sus músicos que habían sido arrestados también.
La mañana siguiente, muy temprano, Félix me despertó en mi cuarto con una pregunta: ¿Has hablado con alguien de lo que pasó anoche? Y cuando supo que no, empezó a contarme que Pedro estaba conspirando y yo, que supuse que era una infamia, lo detuve ahí mismo y le respondí que no lo creía, que eso era un complot en contra suya y que se lo iba a decir. La entrevista con Félix terminó muy mal. Años después Felipito me contó que había sido un intento de reclutamiento para infiltrarme en el MRR aprovechando mi amistad con Pedro y que mi reacción había puesto en peligro la Operación Capri.
Cada vez que Armando, Boby o yo habíamos intentado comentar con Pedro lo que ocurría en el país él respondía con una amonestación, por lo tanto no podía pensar que fuera cierto lo que me había contado Félix. Lo llamé con urgencia y sentados en su carro, justo bajo el balcón de Félix y Felipito, que eran mis vecinos al otro lado de la calle, le conté lo ocurrido pero Pedro le restó importancia. Me dijo que seguramente yo había entendido mal a Félix y que él se encargaría del asunto. La verdad es que Pedro ya era el coordinador nacional estudiantil del Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR) y yo estaba a punto de ingresar al Movimiento Revolucionario Democrático (MRD), luego de clarificar definitivamente el malestar que me provocaban los acontecimientos políticos.
Mis visitas nocturnas al taller de CMQ continuaron aunque con menos frecuencia, pero cuando coincidíamos allí Félix o Felipito y yo se generaba un fuerte estado de tensión, al extremo de que Pedro me pidió que, cuando ellos estuvieran allí, me fuera al camerino de las bailarinas. En cuanto Félix y Felipito se marchaban, él iba a rescatarme de aquellas sílfides desenfadadas que enrojecían mis cachetes con sus rápidos desnudos al cambiarse el vestuario.
A mediados de octubre, Pedro me hizo llamar y nos reunimos en Santa María del Mar, en la casa de la familia de Boby, quien sabía de mi ingreso al MRD. Armando estuvo presente y, como Pedro me lo pidió, esa noche pasé del MRD al MRR.
La noche en que pusieron preso a Pedro dejé a Armandito en su apartamento de Calle F y Calzada, en El Vedado. Cuando me acercaba a mi casa ví parqueado ante la puerta el Buick verde que Pedro utilizaba y al timón uno de los amigos de Félix al que le decían Caruso, que era del pueblo de Calabazar. Estaba dormido, vestía uniforme militar y una metralleta resposaba sobre sus muslos. Abrí sigilosamente la puerta de mi casa y al entrar vislumbré a mi madre y mi padre en la oscuridad. Ellos me contaron en susurros que Félix había estado allí vistiendo traje de campaña junto con otros militares en plan de guerra. Me había dejado el recado que subiera al otro día bien temprano a su casa.
La noche anterior, 22 de Noviembre de 1960, a Pedro y a Paneque los habían arrestado mientras cenaban con Félix en un restaurante próximo al Barrio Obrero. Antes de encañonarlo con la pistola, Félix le preguntó acerca de mí y Pedro, que no le había cogido bien el tamaño a mi información, le respondió: No hay problemas. Está con nosotros. El resto de las mesas habían sido ocupadas por agentes del G2 y en ese mismo momento Caruso arrestaba a Boby afuera.
La esposa de Félix y hermana de Luis Felipe Bernaza me recibió con una andanada de regaños por mi amistad con Pedro. La siguieron Felipito y Félix mientras yo negaba una y otra vez que Pedro fuera un contrarrevolucionario, insistiendo en que era una maraña de ellos en contra suya. Como remate, Félix me dijo que no me habían arrestado para darme una segunda oportunidad. Le respondí que, igual que Pedro, yo nada había hecho contra la revolución. Todos se callaron y Félix, luego de un silencio breve dijo: Eso no es lo que dice Boitel.
En esa causa pusieron en libertad, luego de unos días de encierro e interrogatorios, a todos los menores de 18 años con dos excepciones: Boby, que los había cumplido el día 3 y yo dos días antes, el primero de Noviembre. En el juicio estábamos Clara, Armandito, Boby, su todavía novia Carmen Jiménez, y decenas de familiares de todos los que iban a ser juzgados. Al hacer Félix su deposión, Pedro volteó la cabeza para mirarme y, en ese momento, lamentó no haberme hecho caso.
Jorge Daubar
Miami
En el mes de agosto de 1960, Cuba celebró cuadra por cuadra el cumpleaños de Fidel Castro. En la mía hubo una fiesta por todo lo alto, con música y cerveza a granel, que interrumpió una trifulca en la que arrestaron a Luis Felipe Bernaza. Su cuñado, Félix Aramís Álvarez me pidió que lo llevara en mi carro a la sexta estación de Policía para ver si lo podía sacar. Mientras esperábamos afuera llegó un joven rubio y cojo, conocido como Rolo, que era un oficial del G2. Félix y él conversaron unos minutos lejos de mí y luego se me acercaron para pedirme que fuera yo quien entrara a la estación a sacar a Felipito en lugar de ellos. Entré y en la carpeta estaba el teniente Alemán, del que yo había sido compañero en el Negociado de Confidenciales de la Policía hasta varios meses atrás. A él le pedí que me entregara a Felipito con el argumento que era un compañero revolucionario, dirigente estudiantil en Santiago de Cuba y que sólo estaba celebrando el cumpleaños de Fidel. De paso, me llevé al dueño del piano y dos de sus músicos que habían sido arrestados también.
La mañana siguiente, muy temprano, Félix me despertó en mi cuarto con una pregunta: ¿Has hablado con alguien de lo que pasó anoche? Y cuando supo que no, empezó a contarme que Pedro estaba conspirando y yo, que supuse que era una infamia, lo detuve ahí mismo y le respondí que no lo creía, que eso era un complot en contra suya y que se lo iba a decir. La entrevista con Félix terminó muy mal. Años después Felipito me contó que había sido un intento de reclutamiento para infiltrarme en el MRR aprovechando mi amistad con Pedro y que mi reacción había puesto en peligro la Operación Capri.
Cada vez que Armando, Boby o yo habíamos intentado comentar con Pedro lo que ocurría en el país él respondía con una amonestación, por lo tanto no podía pensar que fuera cierto lo que me había contado Félix. Lo llamé con urgencia y sentados en su carro, justo bajo el balcón de Félix y Felipito, que eran mis vecinos al otro lado de la calle, le conté lo ocurrido pero Pedro le restó importancia. Me dijo que seguramente yo había entendido mal a Félix y que él se encargaría del asunto. La verdad es que Pedro ya era el coordinador nacional estudiantil del Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR) y yo estaba a punto de ingresar al Movimiento Revolucionario Democrático (MRD), luego de clarificar definitivamente el malestar que me provocaban los acontecimientos políticos.
Mis visitas nocturnas al taller de CMQ continuaron aunque con menos frecuencia, pero cuando coincidíamos allí Félix o Felipito y yo se generaba un fuerte estado de tensión, al extremo de que Pedro me pidió que, cuando ellos estuvieran allí, me fuera al camerino de las bailarinas. En cuanto Félix y Felipito se marchaban, él iba a rescatarme de aquellas sílfides desenfadadas que enrojecían mis cachetes con sus rápidos desnudos al cambiarse el vestuario.
A mediados de octubre, Pedro me hizo llamar y nos reunimos en Santa María del Mar, en la casa de la familia de Boby, quien sabía de mi ingreso al MRD. Armando estuvo presente y, como Pedro me lo pidió, esa noche pasé del MRD al MRR.
La noche en que pusieron preso a Pedro dejé a Armandito en su apartamento de Calle F y Calzada, en El Vedado. Cuando me acercaba a mi casa ví parqueado ante la puerta el Buick verde que Pedro utilizaba y al timón uno de los amigos de Félix al que le decían Caruso, que era del pueblo de Calabazar. Estaba dormido, vestía uniforme militar y una metralleta resposaba sobre sus muslos. Abrí sigilosamente la puerta de mi casa y al entrar vislumbré a mi madre y mi padre en la oscuridad. Ellos me contaron en susurros que Félix había estado allí vistiendo traje de campaña junto con otros militares en plan de guerra. Me había dejado el recado que subiera al otro día bien temprano a su casa.
La noche anterior, 22 de Noviembre de 1960, a Pedro y a Paneque los habían arrestado mientras cenaban con Félix en un restaurante próximo al Barrio Obrero. Antes de encañonarlo con la pistola, Félix le preguntó acerca de mí y Pedro, que no le había cogido bien el tamaño a mi información, le respondió: No hay problemas. Está con nosotros. El resto de las mesas habían sido ocupadas por agentes del G2 y en ese mismo momento Caruso arrestaba a Boby afuera.
La esposa de Félix y hermana de Luis Felipe Bernaza me recibió con una andanada de regaños por mi amistad con Pedro. La siguieron Felipito y Félix mientras yo negaba una y otra vez que Pedro fuera un contrarrevolucionario, insistiendo en que era una maraña de ellos en contra suya. Como remate, Félix me dijo que no me habían arrestado para darme una segunda oportunidad. Le respondí que, igual que Pedro, yo nada había hecho contra la revolución. Todos se callaron y Félix, luego de un silencio breve dijo: Eso no es lo que dice Boitel.
En esa causa pusieron en libertad, luego de unos días de encierro e interrogatorios, a todos los menores de 18 años con dos excepciones: Boby, que los había cumplido el día 3 y yo dos días antes, el primero de Noviembre. En el juicio estábamos Clara, Armandito, Boby, su todavía novia Carmen Jiménez, y decenas de familiares de todos los que iban a ser juzgados. Al hacer Félix su deposión, Pedro volteó la cabeza para mirarme y, en ese momento, lamentó no haberme hecho caso.
Jorge Daubar
Miami
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