viernes, agosto 15

La piel de la fiera

RAUL RIVERO, en Beijing

Lo que se escucha en el salón de la competencia de tenis de mesa es como un ruido muy lejano de varias ametralladoras. Otras veces, detonaciones de un arma corta encasquillada. Esa batalla sonora se alterna con aplausos, coros y exclamaciones de queja, lamento o aprobación. Miles de personas siguen bajo hipnotismo la esfera blanca y leve que va de un lado a otro hasta que se despista y aterriza derrotada en el piso. Ahí sí está extasiada la familia. Y los niños saltan en sus asientos, mientras las parejas o los grupos de personas mayores siguen el hilo quebradizo de la contienda con mucha atención, concentrados y pensativos como si estuvieran asistiendo a una partida de ajedrez.

Ese deporte no ha necesitado promociones extras y tiempo para que la gente se prepare y se acostumbre. El trabajo hacía falta para ciertos fenómenos lejanos y complicados como el soft ball, el hockey sobre hierba y la natación. Para esas disciplinas, y otras, sí hubo que invertir dinero y comenzar desde la escuela a enseñar y a movilizar a las generaciones de atletas que se han desarrollado en los últimos años. Mucho trabajo y muchos recursos para que este viernes, cuando el sueño de la olimpiada china todavía toma altura y se eleva, la ciudad y el país, millones de ciudadanos, estén entregados día y noche a la emoción, el asombro y la fascinación de ver y tocar a varios de los deportistas más destacados del mundo.

Tienen que haber pasado muchas cosas para que vayan ahora de un gimnasio a otro, a piscinas, pistas y terrenos especiales a disfrutar de deportes que hace unos años eran vistos -si eran vistos- como aventuras pecaminosas, debilidades burguesas o actividad enemiga. Hay que verlos en sus negocios o adivinarlos en sus casas paralizados frente al televisor. Hay que verlos reconocerse y asumir el Pekín de este verano.

Es una imagen que exterioriza con torpeza el mensaje que la nación quiere que los visitantes vean y aprecien. Los muchachos (y las muchachas) admiran a Ya Ming, a Phelps, a Gasol, a Nadal, Federer o cualquiera de los elásticos morenos americanos que conforman el dream team de basketbolistas de ese país. Los miles de corresponsales y de atletas extranjeros, los técnicos y funcionarios, así como los turistas que viajaron para apoyar a sus equipos, son hombres y mujeres libres (con pocas excepciones) y la gente libre trasmite ese valor sin proponérselo. Lo puede captar quienes en la esclavitud y la opresión han podido hablar o han visto pasar por la calle a viajeros que venían de la libertad. No es propaganda ni proselitismo. Es un programa que no ha escrito nadie.

En los tiempos del ping-pong solitario, salió de China a darle la vuelta al mundo un pensamiento de ascendencia zoológica que decía más o menos esto: el imperialismo es un tigre de papel. Pues ha tenido que venir o han traído a la fuerza a los cachorros de esa fiera y alimentarlos aquí durante 30 años para entrar en un proceso duro, desigual y caprichoso que, de todas formas, ha mejorado la vida de una parte de la población y ha hundido más a la otra. Los hijos naturales y bastardos de ese animal son los que han facilitado la diversificación del deporte en China y son quienes le permitieron co-organizar estos Juegos con cabeza de nuevo rico.

Ciertas frases que marcan una época y se repiten por fieles y devotos suelen necesitar reparaciones para poder valerse de ellas en los tiempos. Un centroamericano socarrón, que en su primera juventud fue maoísta, está de acuerdo en lanzar la frase otra vez desde China, pero con esta corrección: el imperialismo es un tigre de papel (moneda). [EL MUNDO]

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